Donde todo empezó

Hago este escrito para mi: para recordarme por qué empecé a bailar, qué tiene la danza que me complementa, aún cuando son muchas las carencias técnicas que presento frente a esta disciplina.

No recuerdo exactamente cuándo empecé a bailar, pero sí recuerdo los comentarios que me decían mis amigos y personas cercanas: eres sorda, tiesa y desafinada. Lo repetían constantemente, a veces no sé si en plan de burla (como diríamos en Venezuela, me “chalequeaban” con eso) o por hacer bromas o en plan crítica para decirme “mija, ponte las pilas”.

Dos de mis grandes amigos vienen de una familia de músicos y bailarines, y, como era de esperarse, con ellos me impliqué en las artes escénicas: hice teatro con ellos ¡Y hasta jugábamos a tener un grupo de rock!... Recuerdo ese grupo, Los Chamos nos hacíamos llamar, donde yo era “la supuesta cantante”.. Cantaba HORRIBLE, desafinadísima, pero para mí, no dejaba de ser un juego de niños. No todo el mundo lo entendió así y hasta de adulta me persiguen con el famoso “¿Recuerdas tus gallos cuando cantabas “Margarita Friolenta”?” (nosotros mismo componíamos las canciones y pues, ¿qué tanta profundidad de letras podían esperar de niños de 8 años?). Me da igual cómo me llamen hoy en día, pues si sólo recuerdan esos gritos cual cuervo cuando cantaba, yo recuerdo los viernes por la tarde hacer pequeños conciertos, donde vendíamos entradas y con el dinero recaudado se compraba una merienda para todos los vecinos que nos venían a ver. Eso es lo que recuerdo, que esa Margarita Friolenta terminaba en una fiesta sin motivo y sin razón, sólo porque nos gustaba estar juntos.

Un poco más grande, con 12 años y padres divorciados, empecé a hacer teatro. Primero pertenecí al grupo de teatro del colegio, donde mi primera obra fue La Danza de las Flores de Hans Christian Andersen. Lo que debía ser una actividad extraescolar “para el desarrollo de las habilidades de cada alumno”, terminó siendo un poco calvario: cuando finalizaba las clases de teatro, mi abuela era quien me buscaba por las tardes de los viernes al colegio (bueno, me buscaba siempre entre semana cuando terminaba mis clases regulares) y no podía atrasarme ni más de 5 minutos de la hora prevista, porque atrasarme esos minutos implicaba un “jarabe de lengua” por parte de la señora Cohen que me decía “¿Por qué sales tan tarde?” “¿Por qué inventas tanto?” “¿Eso lo evalúan en la boleta?” “¡Dedícate a estudiar!”... Estudiar, las calificaciones… no podía pedirle a mi abuela que entendiera que hacía teatro sólo porque me gustaba; pero más complejo fue cuando el colegio impuso la danza como clase obligatoria, pues ahí no tenía manera de hacer entender en mi casa que tenía que participar en el acto de baile, porque sino me penalizaban.

En casa nunca se opusieron a que mi hermana y yo practicáramos danza y teatro; los problemas venían cuando llegaba el acto de cierre de curso: “¿Por qué tengo que pagar por una entrada si a ti no te pagan por actuar?” “Ese vestuario es muy caro” “Te están explotando y otro se lleva el mérito”. Esos eran los comentarios previos al día de la actuación y cuando por fin llegaba el gran día, después que terminaba la gran presentación, te encontrabas con los tuyos para escuchar “Apúrate que nos tenemos que ir” “Es muy tarde” “Mañana tienes clases” “Que ladilla este peo”.

“Qué bonito lo hiciste” “Te felicito” “Buen trabajo”... A veces no entiendo por qué mi mamá iba a nuestras presentaciones, supongo porque era deber de mamá. Lo que estoy segura es que esas motivaciones cuando terminaba de bailar, nunca las escuché (no por lo menos cuando practicaba en el colegio). Todavía me sigo preguntando por qué era tan dura cuando se trataba de una presentación. Lo único que he podido entender es que eran actividades que llevaban un coste y para vivir en una casa donde sólo era mi mamá quien llevaba la batuta (entre decisiones y lo económico), pues había que revisar en qué se podía gastar y, como comprenderán, un vestuario que se utilizaría sólo una vez, no es buena inversión. También mi mamá nos repetía mucho lo de “están explotando a mis hijas” y tiene razón, ya que pagaba una mensualidad para nuestras clases de baile y teatro y aún así, debía pagar por vestuario, inscripción en el evento, entrada al evento y nosotras no veíamos un duro de eso. Sin embargo, después de grande comprendí que muchos de esos pagos no se los quedaba la academia o instituto, sino era para pagar el teatro donde nos presentábamos, los técnicos de música, técnicos de luces, etc. Pero bueno, no voy a entrar en esos detalles. Ojo, ella pudo decir muchas cosas, pero no puedo negar que nunca dejé de participar en los actos. Incluso de grande (y bien grandecita) me apoyó muchísimo en las nuevas actividades que hoy por hoy estoy haciendo. Gracias mamá.

Cuando el colegio implementó el baile como materia obligatoria, ahí no quedaba de otra que presentarse a bailar. Era un vacío que no quedaba claro si bailaba porque me gustaba o porque era mandatorio. En realidad, se había implementado deporte y baile como obligatorio y ya cada alumno decídía cuál era la disciplina a la que se apuntaba. Ya saben por cuál me fui yo, pues mis bracitos de espagueti no tenían la fuerza necesaria para el voleibol. Estas clases eran más llevaderas, pues, al ser obligatorias, no había que pagar mensualidad y las presentaciones se hacían en el mismo colegio; eso sí: éstas se hacían después que terminara el horario escolar, así que “alguien tenía que irme a buscar cuando terminase de bailar”.

¿Recuerdan que les comenté sobre mis amigos que venían de una familia de artistas? Su mamá colaboraba con estos eventos de danza y eso me daba un plus muchas veces, porque podía llevarme a casa cuando terminaba el show y eso me ahorraba el dolor de cabeza de ver a mi mamá ( o a mi abuela) molesta porque me tenían que ir a buscar. Sin embargo, el dolor de cabeza empezó a ser otro: bajo el ojo crítico de la mamá de mis amigos (bailarina profesional), me hacía muchas observaciones sobre mi baile, pues había mucho que corregir. Dichas correcciones empezaron a ser mofas de mis amigos (sus hijos) y de mi hermana: es muy tiesa, no tiene oído musical, dio la vuelta pa’l otro lado… En fin, comentarios que se repitieron una y otra vez…

Al mismo tiempo que en el colegio se daban estas clases de baile, los domingos iba a clases de teatro ¡con estos mismos amigos! (la verdad los aprecio mucho). Mi hermana también iba a las clases de teatro y la mamá de mis amigos, como era de esperarse, era la coreógrafa del grupo. El director era a veces cascarrabias, pero gracias a su jalones de oreja, aprendí mucho de teatro y de mitología (era un grupo de teatro basado en mitología griega) que luego me fue muy útil en la universidad. De las coreografías de las obras… bueno… para qué contarles… Lo que sí recuerdo fue un ensayo en donde la coreógrafa, puliendo unos pasos, dice un comentario en voz alta: “Debo felicitar a Sharon porque se ve que ha mejorado mucho” ¡Anda! Con que eso de practicar sirve de algo, ¿eh?... Nunca olvidaré esas palabras, menos cuando sus hijos me repetían lo tiesa, sorda y desafinada que soy. (Esto ya suena a canción de Shakira).

Si resumimos la actitud de mi mamá, los comentarios de mis amigos, las burlas de mi hermana y la falta de entendimiento de mi abuela, la pregunta que quedaría por hacer es ¿cómo rayos seguí bailando?. Parece muy tonto, pero no puedo expresar en éstas líneas lo que realmente fueron esos años de primaria: una mezcla de emociones entre un colegio nuevo, un divorcio, nuevas rutinas y gente que te remarca lo mal que haces las cosas. Recuerden que para esta época yo sólo tenía 12 años, no podían pedirme que asumiera como adulto algo tan banal, sencillamente porque estaba muy lejos de ser adulto. Era una niña y, por tanto, veía las cosas con ojos infantiles. Tanto que esas bromas, por más bromas que fuesen, para mí eran un ahogo sobre las cosas que jamás me saldrían bien.

No es de extrañarse que al cumplir los 14 años, y con pleno fervor adolescente, le di la espalda al baile y conseguí un género musical que me despertó nuevos gustos: el heavy metal. Escuchar rock era un perfecto escape, porque no a todos les gusta (especialmente en un país como Venezuela, cuya mayoría de habitantes tiene tendencia a ritmos latinos, los cuales, a sol de hoy, tampoco sé bailar bien para ser latina), entonces podía sumirme en mi mundo sin que nadie opinase sobre lo que hacía. Es cierto que en casa se escuchaban comentarios sobre “esa música tan fea”, pero como el mejor amigo de mi mamá y su hijo lo escuchaban (de hecho, ellos me llevaron a mi primer concierto de Dream Theater) y mi primo y mi cuñado también escuchan rock, esas críticas y opiniones, sobre esta nueva tendencia, ya no eran tomadas a modo personal.

Parece exagerado decir que escuchar heavy metal me dio un vuelco en mi vida social, pues empecé a conocer nuevos amigos con el mismo gusto, el color negro empezó a aparecer en mi armario y las fiestas ya no se veían tan tentadoras como antes. Pasaba las tardes haciendo las tareas escuchando Metallica y luego me entretenía leyendo “El Señor de los Anillos” o cualquier otro texto fantástico. Conocí el juego de rol y traté de aprender a jugar Magic, aunque fue un intento fallido. Esta nueva Sharon, me parecía una chica muy interesante, y tanto lo es que hasta el sol de hoy, todos estos nuevos aspectos los conservo (excepto el vestir toda de negro). Pero había algo que me faltaba: la vena creativa me vibraba dentro y no la podía retener. Necesitaba volver acercarme a las artes escénicas, ¿pero cómo? Sentía que bailar iba a desencadenar una nueva ola de críticas o burlas, y ya suficiente era una chica adolescente pasando una etapa que buscaba un equilibrio entre el colegio y la casa, donde una mamá sin trabajo vendía comida en las calles para poder pagar los estudios de sus hijas, donde un papá se desentendió de lo que pasaba o dejaba de pasar en el hogar, donde una hermana siempre estaba en su habitación y donde me debatía entre si decir que quería estudiar humanidades o pasar del tema y someterme a las ciencias (ya me conocen, obviamente dije que quería irme por humanidades y pues… eso es tema para otro cuento). No, no quería una raya más para el tigre (y sé que todo esto suena estúpido, recuerden que era ADOLESCENTE), pero ¡¿Qué carajo?! Al cuerpo hay que darle lo que pide.

Fue  mi hermana una tarde que estábamos de vacaciones quien me dijo “vamos al gym” y yo sin pensar en clase de Taebo o bailoterapia, terminé con ella en una clase de danza del vientre. Una caderita adelante, luego atrás, un bracito a un lado, luego al otro… definitivamente el gen latino no se despertó en mí, pero seguro que el gen marroquí por parte de mi abuelo estaba muy activo, y la verdad, se me daba muy bien.


Con 15 años empecé a bailar danza oriental. Con 15 años, mi mamá ya tenía trabajo. Con 15 años, mi hermana se veía más contenta en la universidad. Con 15 años, el colegio seguía siendo un martirio… Las cosas pintaban un poco mejor, pues conseguí por fin una motivación para hacer las tareas diarias y lo mejor de todo, como es una danza peculiar que no todos conocen de sus técnicas, nadie, a excepción de mi profesora, me podía corregir, criticar ni mucho menos burlarse: esta danza era para mí, sólo yo sabía de qué iba y sólo yo podía centrarme en mi esfuerzo. Gané. Gané la reconciliación con el baile, con las ganas de vivir (literalmente) y sobretodo, gané confianza en mí misma.


La danza del vientre se convirtió en mi mejor amiga. Era Ella a quien quería ver después de clases, con Ella quería pasar los fines de semana. Era mi premio y mi castigo en el colegio. A Ella le confiaba mis peores temores y mis ataques de ansiedad y era Ella quien me consolaba. No quería hacer otra cosa más que bailar. Con Ella escuché mi primeros elogios de lo bonito que lo hacía, y ¿saben de quién venían? ¡De mi mamá!: como no tenía presentaciones de danza árabe en Venezuela (no recuerdo por qué), bailaba en casa y mi mamá con sus amigos eran mis espectadores. Me di cuenta que no necesitaba de grandes escenarios ni de un gran público, sólo necesitaba las palabras que quería escuchar y Ella hizo eso posible.

La danza del vientre es mi aventura. Ella me ayudó a superar episodios importantes en mi vida y cuando más lo necesito, en ella me encuentro. Me pueden decir muchas cosas sobre mi forma de bailar, podrán corregirme ya sea para mejorar o para burlarse, querrán hacerme sentir mal, pero, gracias a Ella, jamás me quitarán las ganas de bailar.

Comments

  1. Me encantó tu historia Sharo.Me conmoviste, me hiciste llorar.No en valde eres una Persona Tan Especial.Supiste convertir tus dificultades y debilidades en fortalezas .Manejaste tus emociones y creciste como Ser Humano.Solo una persona con una Sensibilidad Especial , lo logra.Yo como bailarina y psicopedagoga, siempre he visto la danza como una terapia y accesible a todos. Hay diferentes formas de aprenderla , muchos canales para contactarla y muchos niveles para practicarla.Me consta que estàs bailando excelente y que tu reto con la salsa...Lo superaste!.Debes sentirte muy orgullosa y satisfecha contigo misma y estar agradecida porque gracias a todo lo vivido, te convertiste en quién hoy eres! Muchos se identificarán con tu relato y agradecerán tu valentía de hacerlO público y les harà sentir que sí se pueden superar las adversidades que la vida plantee.
    ¡Sueñas, te enfocas y triunfas!
    Un beso! T.Q.M.
    👏👏👏👏👏👏😘😘😘👏❤❤❤❤❤

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